Relato de Grindr

Yo Pecador: El relato de un usuario de Grindr

Era un sábado como cualquier otro… o bueno, no como cualquier otro, porque lo usual sería quizá que estuviera en una fiesta, en una peda tranqui o en alguna cena improvisada con los amigos. Pero esta vez estaba en casa viendo la televisión, envuelto en una chambrita tejida a mano para protegerme del frío. Todo pintaba para ser un buen sábado conmigo mismo.

“Peda tranqui”. ¡Qué contradictorio! La simple estructuración de los vocablos hace que se cancelen el uno al otro. Si es una peda no es tranqui y si es tranqui, no es una peda. Pero nos encantan las contradicciones. We get off on them.

Cerca de la medianoche recibí un mensaje invitándome a una reunión improvisada cerca de mi casa y, dada mi reciente determinación a ser una persona positiva y espontánea, decidí asistir. ¡Qué buena noche! Fue la mejor (simple) decisión que pude haber tomado.

Durante esa “reunión improvisada” que se convirtió en una peda llena de risas y jotería, sucedió algo que me puso a pensar de más. Oh, sí. Uno de mis grandes defectos: Overthinking.  

Como recientemente había adquirido un nuevo smartphone, se lo mostré a uno de mis amigos. Al desbloquearlo, mi pantalla inicial incluía diversas apps como cualquier otro dispositivo móvil. Una de ellas era Grindr y justo al lado se encontraba Tinder. Aplicaciones comúnmente conocidas como “Dating Apps” pero que no necesariamente son para dating. Para conocer gente, quizá. Para ver el mercado, tal vez. Pero no necesariamente para salir en dates con los contactos recién obtenidos.

El primer comentario de mi amigo al ver estas apps en mi celular fue un tanto peculiar:

“Wey, me encanta que tú ni siquiera escondes esas apps”.

Un comentario como cualquier otro que denotaba mi ya conocida personalidad unapologetic pero que sin duda inició la cascada de pensamientos que me lleva a escribir este texto.

¿Por qué habría de esconderlas? ¿Qué tiene de malo usar estas apps?

Es común en nuestra sociedad esa percepción en la que utilizar Grindr o Manhunt es algo que no se publica. Si abres una de estas aplicaciones en público tienes que estar listo para el escarnio. Listo para el juicio de quienes te descubran.

Recuerdo un par de veces en las que un amigo cercano me vio utilizando Grindr y me dijo: “Ay, tú no pierdes el tiempo, Xaúl”. Una frase que literalmente no tiene más que verdad en ella, pero que en su connotación implica algo negativo.

Grindr no es tan malo“, me dije a mi mismo. Digo, he tenido interacciones con personas de todo tipo. Recuerdo una vez en la que vi un perfil cercano de un chico nada desagradable cuyo único texto decía: “No feos“. Era un buen día. Recuerdo que era una tarde de viernes en la que me sentía muy bien conmigo mismo. Un día en que me bañé y me sentía seguro de mi apariencia. “Le voy a hablar”, pensé. “Aquí voy. ¿Qué es lo peor que puede pasar?”

“Hola. Buen día, le dije con toda seguridad porque soy una persona educada y me había bañado. La educación y la higiene personal. ¿Qué mayor estirpe puede uno tener? ¿No?

Me bloqueó. 

Al instante. Sin decir nada. Simplemente desapareció de mi pantalla. De pronto caí en el campo semántico de los feos y fui bloqueado porque me atreví a saludarlo amablemente. #SadFace

No es una aplicación llena de gente bondadosa, humilde y amable. No lo es. Para muestra, pueden ver nuestra vieja sección de Grindreadas y darse cuenta qué tipo de interacciones pueden suceder en estas apps. Pero lo que sí puedo decir es que si yo estoy ahí, una persona promedio, con trabajo, educación, humildad, con perfil público y quien no se considera una mala persona, entonces muchos otros están también ahí. Como yo. Personas comunes y corrientes.

Las redes sociales las hacemos nosotros. Personas diversas que se esparcen en todo el espectro social. El que busca un amigo, el que busca solo platicar, el que busca sexo, el infiel que busca una aventura, el que está en casa viendo TV y desea ver quién más está ahí afuera.

No puede ser tan malo. ¿Por qué quienes lo usamos tendríamos que escondernos? Creo que la respuesta es sencilla: No nos gusta ser juzgados y, por lo mismo, evitamos a toda costa dar razones para ello. Es más fácil utilizar estas redes sociales en la privacidad de nuestras recámaras o entre nuestras sábanas antes de dormir. De esta manera nadie puede juzgarnos. Mostramos quizá una foto de nuestro torso definido (o indefinido) o de algún lindo paisaje para no mostrar nuestra identidad. De esta forma no podremos ser identificados por quienes nos conocen en la vida real. Es lo más seguro. Así podemos evitar esos comunes comentarios como:

– Wey, ese vato es un puto. Siempre está en Grindr.

– ¡Ay wey!, ¿qué haces en Grindr? Esa app es para buscar sexo nada más.

Estamos predispuestos a juzgar a quienes hacen uso de estas herramientas sin ocultarse.

Recuerdo que uno de mis ex, a quien conocí por medio de Manhunt y con quien tuve una bonita relación de nueve meses, me hizo una pregunta al inicio de la misma: “Oye, Xaúl. ¿Qué le vamos a decir a nuestros amigos cuando pregunten dónde nos conocimos?”. Uno, dos, tres, cuatro segundos bastaron para procesar su pregunta. No era del todo descabellada. Después de todo, él siempre se había distinguido por sus prejuicios y preguntas llenas de telarañas mentales. “¿Por qué no habríamos de decir la verdad?”, le pregunté.

¿En qué parte de nuestra psique tenemos la necesidad de ocultar que somos usuarios de este tipo de aplicaciones?

“No me gustaría decirles que nos conocimos en Manhunt“, dijo con ese miedo característico de quien juzga y teme ser juzgado.

“A mi no me gustaría mentir para sentir un falso bienestar”, le comenté. “Si alguien tiene prejuicios en referencia a las dating apps no es problema nuestro”.

Y es que no le veo el problema. ¿Cuál es la encrucijada? ¿No es algo natural restarle importancia a lo que la gente diga o piense de nosotros? Am I reaching for the stars?

– “Yo la verdad uso GrindR para cotorrear y ver que sale. Pero no la utilizo para nada serio. Si voy a conocer a alguien, será en el mundo real, en alguna fiesta o así”.

Estamos preprogramados.

¿Soy una persona de menor calidad moral porque platico con gente desconocida en aplicaciones de citas? ¿Alguna persona que quizá está viendo TV con una chambrita tejida a mano para protegerse del frío tiene menos valor si la conozco en Grindr que si la conozco comprando tacos un domingo en la mañana? ¿Quién estableció ese tabulador? Quisiera refutarlo.

Aparentemente tenemos que seguir el patrón. Si a mí me juzgaron por utilizar estos medios, quizá yo tengo que juzgar al siguiente porque eso es lo “normal”. Condenaré a esa persona que se atreva a hacer pública la existencia de sus sesiones virtuales y, como consecuencia obvia, esa persona probablemente después no tendrá el valor de mostrar su rostro en la app por miedo al menosprecio.

Es aquí donde el resto de los usuarios, quienes vemos a esas personas sin cabeza en sus  perfiles,  nos quejamos de forma determinante: “En Grindr hay puro tapado. Solo torsos y paisajes. Nadie se atreve a mostrar su cara o de perdido mandar su foto”. Claramente es un loop de prejuicios interminable.

Nos encantan las contradicciones. We get off on them.


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