El Lado Positivo: El despertar del segundo día

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Después de una noche muy intranquila, llena de sueños raros y pesadillas, desperté a la realidad. Mi amigo Chris estaba acostado a un lado mío, y platicamos un poco de cosas sin importancia. No sé qué estaría pasando por su cabeza, pero imagino que quería distraerme de lo que él si sabía que estaba pasando por la mía. No podía dejar de pensar que tenía VIH, y estoy seguro que se me notaba en la cara.

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Le hice de desayunar hot-cakes con chocolate, y estuvimos platicando un poco más. Luego ya llegó la hora en que tenía que irse a su casa, y yo también me iba a ocupar. En ese entonces estaba estudiando francés, así que tenía que alistarme para ir a la escuela.

Yo me arreglo y mi amigo se va. Así que me subo a mi carro y me dispongo a irme a la escuela. Tenía que cruzar toda la ciudad, así que tuve suficiente tiempo para pensar muchas cosas.

Ese viaje la verdad fue muy estresante, y no por el tráfico. Estuve pensando muchas cosas. Seguía sintiéndome fatal, las palabras “saliste positivo, tienes VIH” seguían dando vueltas en mi cabeza, y no sabía cómo quitármelas. Lloré de la desesperación. Una vez más, quería aventarme al río o estrellarme con algún muro de contención. Una vez más, no hice nada de eso.

Durante el trayecto también me di cuenta de algo. La vida seguía. Todo mundo estaba haciendo sus cosas, nadie se inmutaba por ver que el muchacho que iba manejando a un lado iba deshaciéndose en lágrimas. Al llegar a la escuela, sequé mi rostro, traté de controlarme y me bajé de mi coche para dirigirme al salón. En él, todo mundo estaba en su mundo, ajeno a mis problemas. Al final de cuentas, solamente eran compañeros de la escuela, nadie de ahí era amigo mío, nadie tenía por qué saber lo que me pasaba.

La clase pasó sin ninguna novedad, sin embargo, yo no pude aprender nada. Mi cuerpo estaba en ese salón, pero mi mente seguía en aquel cuartito, recibiendo una noticia que no quería recibir, dándole vueltas al asunto, pensando en qué iba a hacer, como iba a solucionar esto, como podía quitármelo.

Rodeado de mis compañeros, me sentía alejado de todos. Ellos eran un montón de niños (yo era el más grande del salón) divirtiéndose, haciendo bromas. El profesor también bromeaba. Pero yo no podía reír. Al menos, no sinceramente. Hacía como que reía. No quería que nadie me viera mal. No quería que nadie me viera llorar.

En determinado momento de la clase, no pude más, y tuve que ir al baño a llorar. Me odiaba por ponerme de esa manera. No acostumbro llorar, y mucho menos cuando hay más gente a mi alrededor, y ni hablar de gente fuera de mi círculo de amigos.

La clase se acabó, y yo corrí lejos de ahí, a mi carro, para regresar a mi casa. No quería estar con ellos. Sentía que se me notaba, que todo mundo se iba a dar cuenta. Como si tuviera un “VIH” enorme en la frente.

Como todo el camino a la escuela y toda la clase estuve pensando en mi situación, al volver a subirme al coche me sentía un poco más relajado. De regreso a clase, no tuve ningún pensamiento acerca de estrellarme contra ningún muro. Empezaba a sentirme un poco más tranquilo. O no tranquilo, más bien, no quería imaginarme aplastado contra algún muro o hecho pedacitos o ninguna cosa así.

Y eso, ya era un avance.


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