La Ley Arcoíris. Cap. 1: El Día Rojo.

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Me encontraba corriendo por todo Reforma, ya no podía continuar pero el temor a ser atrapado me impulsaba a seguir luchando. Muy cerca de mí se escuchaba las sirenas de las patrullas y disparos que se mezclaban con los gritos de pánico.  

No dejaba de llorar y las lágrimas nublaban mi vista en la noche lluviosa de ese día. -Arturo! Arturo!  No me dejes pendejo- gritaba desesperado. –Casi nos alcanzan wey písale- respondió mientras me buscaba con la mirada. Sabíamos que si lográbamos llegar a la Alameda podríamos refugiarnos en el departamento donde se planeó todo el movimiento y escondernos de la tragedia que estábamos viviendo.  Esa fue también la última noche que vi a Gustavo y Angello.

-Regresen, regresen! Los Rojos están frente a Bellas Artes- Escuche los gritos de alguien. Me pare en seco, ya no sabía a donde correr y el pánico se apoderaba de mí. Arturo me tomo del hombro y con una sonrisa de esas que te dicen todo estará bien me dijo – cambio de planes, vamos a casa de mi valedor Cesar, el de las bufandas- odiaba a ese tipo, pero no me quedaba otra opción. Tomo mi mano y me jalo en dirección opuesta, pero era demasiado tarde, estábamos rodeados. No recuerdo haber visto tantos militares juntos, ni en un desfile militar del  16 de septiembre. –Nuevas órdenes, maten a esos maricas que vienen de Tlatelolco-  se gritaban entre las ordenadas filas de los Rojos en sus elegantes uniformes. Pensé por un momento que nos dejarían para interceptar al segundo contingente que también se dirigía al Zócalo Capitalino; ojala y mi Oso logre escapar.

Arturo me abrazo y con su peso me obligó a caer, el asfalto estaba mojado y antes de poder decirle algo me robo el beso que siempre quiso. –Aquí nos despedimos mi perrito, continúa con lo planeado, no por ti, si no por todos los que dejaras de ver hoy-. No lograba entender lo que pasaba. Me volvió a besar, un zumbido se apodero de mis oídos mientras dejaba de escuchar las sirenas y gritos, su beso me torno sabor a sangre, él ya estaba muerto.

Los Rojos estaban en los edificios y disparaban a los pocos integrantes del contingente que aun quedábamos, la lluvia arrecio y después todo silencio. Las luces se fueron, temblaba de frio. No sé cuánto tiempo paso, la intensión de Perro fue usar su cuerpo de escudo para evitar que me dispararan, permanecí inmóvil, como muerto esperando el momento para huir.

Fue una pena no poder darle un entierro digno y poder llorarle en una tumba, nadie supo o al menos nadie dijo que hicieron con los caídos ese día. Probablemente el ejército se encargó de ello.

El cuerpo de Arturo me pesaba una tonelada, me levante, el lugar más cercano para refugiarme era el departamento de Cesar; el apagón continuaba en la zona y me ayudo a escapar entre las penumbras; el lugar era una verdadera escena de terror.

-Los estaba esperando jotos revoltosos- respondió Cesar mientras quitaba los seguros de la puerta. Asomo la cabeza y miro a los lados de corredor buscando algo. -¿Donde esta Perro?- Mis ojos se llenaron de lágrimas y con mi voz entrecortada respondí que lo habían matado. –Les dije que no se metieran en esas mamadas, pinches pendejos, pasa te vez de la mierda-. Una pequeña vela alumbraba la sala, él no estaba sólo. –No sabía que aun eras amigo de Israel- respondí un poco nervioso. Recordé el incidente que pasamos los tres que me hizo odiarlos.

-Bájate los calzones y empínate putito, es hora de que pagues tu hospedaje- dijo con voz altanera mientras me enseñaba la pistola que tenía en el cinturón.

……

No olvides comentar y leernos en el siguiente capítulo; resolveremos muchas dudas en el transcurso de la historia.


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