Decadencia: un hospital, un panteón, una iglesia

facebook fb icon PONYBOY

Un hospital se parece a las salas del Juicio final. Se parezca o no, de cualquier forma siempre estamos siendo juzgados. ¿Qué es un médico sino el Juez de la decadencia? ¿Quién es sino el sacerdote de la homeostasis? Años atrás, antes de que me hermano muriera, el tema de la decadencia me vino de nuevo cuando estuve con él en el hospital.

Esta farsa que llamamos civilización no es sino una estúpida máscara. En un hospital los modales se desvanecen conforme la muerte besa a sus hijos amados. Decadencia.

El médico se regocija trayendo malas noticias: ese es su poder oculto, pero es, además, su único poder y todo junto. Decadencia.

Cada ruido, cada estertor que nos recuerda que sólo somos tristes animales agazapados.

Somos lobos, ratas que chillan solicitando comida, pero cuando la comida se agota la basura calma nuestros hocicos glotones. Decadencia.

Las enfermeras son las nuevas brujas y rameras que pujan con sus ojos desorbitados. Reptan y se arrastran cuando es la hora de su antiguo aquelarre.

Las carnes hediondas se amontonan sobre los camastros solicitando, siempre solicitando.

El reguero de tripas y de sangre no tiene más destino que un pozo. Decadencia.

Un hospital es un golpe bajo a nuestra consciencia, la mente morbosa y lánguida llora en silencio y grita por los rincones: ¿Dónde están mis antiguos amigos? Decadencia.

Aquí un corazón trabaja su última jornada. Allá el nervudo cerebro va secándose con las estaciones. De este lado la muerte danza sobre unos hombros jóvenes. De ese otro, su guadaña empapada perfuma el aire mediante sus olores terribles: ¿quién es aquél que ha visto el sol por vez última? Decadencia.

Viene una mujer que claudica del pie derecho. Se acerca. Nos metemos al baño y la sujeto contra la pared e intento metérsela. Decadencia. Se viste, hace un pase mágico y en uno de los giros desaparece. Ya nunca logré verla. Por lo visto nunca sabré si existió. Decadencia.

Hace un inmenso calor, es el horno que calcina una pila de huesos. Decadencia.

Es posible comparar a un hospital, a un panteón y a una iglesia (¿templo?). Es la misma mierda, sólo que la materia se encuentra en diferentes estados. Ninguno de los tres me gusta. Y pensar que llegamos al mundo en un lugar tan horrendo: no logro entender ¿cómo superamos ese trauma si es que algún día lo hacemos?

Sigue haciendo calor, siguen los muertos quejándose, siguen los moribundos chorreando babas. Decadencia.

El tiempo en un hospital no parece terminarse nunca.

Parecería un lujo. No obstante deberían de considerar el que los enfermos tomarán café. Pero hay más, deberían de darles a beber raticida con vidrio molido. Decadencia.

Volteo a mi izquierda. Hay un figura lúgubre que se ensaliva la lengua, simula una serpiente. Sesea, rosa su músculo partido haciendo un ruido horripilante. Pero procuro no mirar hacia ese lado.

Cada queja, cada aullido. Todos los ayes que salen de los cuartos labran un ópera fúnebre. Me recuerdan a Mozart. ¿Dónde está Mozart? ¿Por qué ha muerto? Decadencia.

Escucho con atención que ha entrado un hombre llamado Zaid. La enfermera en turno le interroga y trata a como de lugar de que el hombre le responda: ¿Por qué se ha inyectado insecticida? Pero parece vano y a la par estúpida la pregunta. Zaid responde sólo esto: porque tenía problemas.

La enfermera se enfurece porque esta respuesta le parece tonta. Llama a los familiares del hombre para avisarles que la psiquiatra del hospital trabaja los fines de semana. Pero tampoco parece una respuesta suficiente para los familiares. En esta época ya nadie tiene derecho a huir, y por una vez que el hombre se ha inyectado insecticida no vamos a poner el grito en el cielo. Decadencia.

Habla su padre. Mi hijo es hiperactivo. El vivía con una persona. Se desespera mucho. Tiene un mes con la psiquiatra. Si quiere saber más doctor revise su expediente. No sé qué más decirle.

Habla el hombre. «Vivía con ella, tengo una hija de cinco años».

Y este calor va en aumento, no se ha muerto nadie hasta el momento. Y el hombre ese no deja de hablar. Le duele todo, se pelea con sus esposa y va y se inyecta insecticida. Quisiera bañarme en una tina de hielo. Decadencia.

Las enfermeras siguen aullando y se pegan soltando una y otra grandes risotadas. Le han inyectado quetorolaco a otro hombre. Decadencia.

Todo huele a nalgas. Sólo pienso en toda la vida que está corriendo allá afuera. Pero allá afuera no podría tener esta información. No podría obtener mi antropología de la decadencia. Pero digo «mía» más nunca lo fue. Le pertenece a toda la raza humana.

«Casi pierde el conocimiento. Llamamos a una ambulancia de inmediato. Pero nunca sangró, ni algún otro tema por el estilo».

Está hinchado de la cara, pide a cada rato drogas y tranquilizantes.

Otro hombre de la cama contigua se ha estado quejando. ¡Cuán diferente es el umbral del dolor para cada uno! No se soportan sus berridos y llora como una cría. Los médicos no pueden creerlo y se ríen frente a él, como diciendo «¡es un marica!».

Una señora. «Como ya no se quieren como Dios manda. Mejor será cada quien por su lado».

Entonces la vida se me antojó insoportable donde Dios mandaba y yo era solamente un títere.

«Yo tuve cuatro y hasta cinco hermanas. Dos fallecieron y mis demás hermanos están en Estados Unidos. Las mujeres somos las que más vemos a nuestros padres».

Y la vida se me hizo de nuevo insoportable.

Veo a todos echados y sufriendo entre todos. Hay muertes, muchas muertes. Pero hay de muertes a muertes. ¿Por qué lo negativo cansa más que lo positivo? ¿Por qué lo positivo cansa más que lo negativo? ¿Cuál es el orden de los acontecimientos?

Mi hermano se la pasaba en una banquita hablando. Su esposa había muerto. Decadencia.

Los enfermos siempre están de mal humor: lo noto. Los ofende que el resto de las personas estén absorbidas por alguien que no sean ellos. Son como vampiros y todo esto no causa sino lástima.

El hombre chilla. Cada que pasa alguno lo lastima tan sólo al pasar muy cerca de su camilla. Y todo esto no causa sino rabia. Decadencia.

Zaid se ha dormido, una súper dosis de drogas han podido con él. Está dormido ¡Por fin! ¡Creí que nunca lo haría! Aunque en el fondo, siempre desee que fuera a su padre a quien le suministraran los antidepresivos, él era el más molesto. Decadencia.

¿Qué son seis horas charlando con la muerte? Aburridas, sí. Su propósito es redondo, tal vez sea eso lo que cansa tanto: tener un mismo propósito. Acabar con la gente de miles de formas termina siendo aburrido. Terminar con la vida es aburrido, un tema aburrido. Y todo esto no demuestra sino que un hospital es otra forma de aburrirse.

Casi me río en su cara. No pude evitarlo, la enfermera descubrió mis notas. Me interrogó.

— ¿Eso que escribes es un diario de un hospital?

— En realidad son apuntes, verá usted, hago antropología de la decadencia. Nunca se sabe lo que puedo encontrar. En realidad no estoy buscando nada. Pero siempre encuentro material nuevo. Parece que el tema, que en realidad son muchos temas, da para mucho. La decadencia acompaña al hombre desde su nacimiento. ¿Ya había dejado claro que nacemos en un lugar tan horrendo como un hospital?

Nota al margen. Se le ha bajado la temperatura a Zaid. El calor cede. Zaid sabe más de medicamentos que todas las enfermeras juntas.

— ¿Y qué hacías? ¿Te querías morir o sólo querías llamar la atención?

El-amor-de-su-vida de “Alma”, la enfermera, quiso casarse con ella. Pidió su mano, tuvo mil padrinos, el salón, el vestido. Veinte días antes de la boda dijo que se iba a casar con otra. Y Alma piensa que esta historia podría ayudar a reconfortar a Zaid.

Ambos quisieron morirse. A mí me parecen insoportables las dos historias, esto es, me parecen decadentes y estoy seguro que esto sirve más. Cuando Alma llegó a su casa quebró todo. ¡Por Dios hace mucho calor!

Parece que inyectarse insecticida no es suficiente para acabar con la vida de alguien. Los ojos terrosos, enrojecidos, vidriosos, me recuerdan el resto de los ojos de los enfermos del hospital. Parece que la vida se aprecia y deprecia a través de los ojos. Pues bien, mis ojos están cansados de una noche entera, de esta antropología de la decadencia. El trabajo de campo fue un infierno y parece que tuvo éxito.

De las camas mugrosas, conforme avanza el día, van desperezándose los discapacitados y enfermos. Seguramente viven con ellos fantasmas, bestias, espectros y demonios que dejan rastros de su presencia. Con sólo entrar al hospital te das cuenta que así es.

Los médicos amos de la noche, vampiros entrenados recorren los pasillos llevando grabado en la frente la palabra MUERTE. Ahora, o cuando pasas mucho tiempo conviviendo con ellos, esta palabra deja de tener significado, como lo dejó de tener para ellos desde hace mucho tiempo.

Nadie ha vuelto a quejarse, un poco de sueño y todos se echan a dormir. Roncan con una técnica milagrosa y hacen que el sueño se convierta en algo tan obsceno y chocante. Se te van (se me van) las ganas de dormir. ¿Quién puede hacerlo? Esto me llevó a una cama hedionda llena de piojos donde alguna vez dormí. ¿O eran pulgas? Decadencia.

Sigo sin comprender muchas cosas y es mejor así. Hay hechos que no tienen explicación porque sencillamente, si la tuvieran, perderían su sello distintivo. Aunque parece contradictorio reunir a un tiempo lo vulgar y lo enigmático. Decadencia.

Ponyboy


¿Tú qué opinas? Déjanos tus comentarios.