Sexo amor y rock & gore o persiguiendo un rabo

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En el barrio de la Puerta del Sol, del distrito centro de la ciudad de Madrid, hacia al final de la calle del Carmen, entre la calle Preciados y el comienzo de la Gran Vía, se encuentra la Plaza del Callao. Ahí te encontré, encontré mi rabo, tu rabo.

Desde el edificio veo puras hormigas. Todas, a la luz de las lámparas, parecen llevar uniforme. O vienen vestidas de negro, de ultramar o de marino. Menos tú. Llevas en las manos un montón de volantes para promocionar el bar de moda, tus botas y tu jockstrap blanco. Es difícil no verte.

Eres alto, tu trasero bronceado se mueve deliciosamente, y ese vaivén me tiene absorto por más de una hora. Entonces veo que te vas…

Bajo las escaleras como loco perdido. El ascensor es una vieja máquina oxidada. Mis pies van más rápido. No logro reconocer a los vecinos. Y he olvidado ponerme interiores. Corro en jeans, esas deportivas new balance, de la vieja escuela, y una camiseta blanca.

Es inútil. Has tomado el metro. Vuelo hacia la entrada y me regreso porque de reojo creí ver un volante. Sí. Eran esos volantes que entregabas a los transeúntes. Claro que te los recibían, porque les sonreías y te tocabas tu pecho, tu pene, y de vez en vez girabas para que tu trasero pusiera verse, en todo su esplendor. Lo guardo en los pantalones. Regreso al metro y la máquina se ha tragado mi entrada. Es una estupidez.

Cambio de máquina. Algo sucede esta noche. El tiempo pasa rápido. Logro entrar pero no hay pistas de ti. Si aún tuvieras el jockstrap puesto, te vería a kilómetros, pero ahora vestido no podré reconocerte. Es inútil.

Regreso al apartamento y sin noticias tuyas. Las noches pasadas han sido largas. Tomo una siesta y dejo que mi cuerpo se hunda en esa cama y las pesadas sábanas blancas…

Han pasado más de cuatro horas. Son las tres menos cuarto. Me he dormido con el volante en mi mano. ¿Por qué la Posada Las huertas, promociona un bar gay? No importa. Seguro estarás allá.

Pantalón de cuero. Polo a juego y unas botas que me levantan los siete centímetros del suelo. Procuro llevar el cabello en su lugar.

Llego a Fulanita de Tal en mi Uber. En la fulana, conviven señores de avanzada edad que salen a pasear sus diminutos perros por las calles adoquinadas, y parejas de chicos que paran a tomar algo a la vuelta del trabajo. La comunidad ha revitalizado un barrio muy degradado hasta hace no muchos años. Bares, tiendas, discotecas, restaurantes, agencias de viajes, librerías y todo tipo de comercios están enfocados al público gay que frecuenta la zona y la bandera del arco iris ondea en muchos balcones y este puto de los volantes ni sus luces.

Pero ya estoy aquí. La liga femenina de fútbol se pasea a sus anchas y es que esto está lleno de lenchas. Uno, dos, tres, cuatro copas. Mi vejiga está a reventar. Voy al baño.

En ese cuarto atroz, mi hombre camina hacia mí y siento como me estoy orinando fuera del mingitorio. El se guarda la risa para otra ocasión. Viene con su jockstrap y me sacude el pene. Me voltea y comienza a darme el oral más exquisito de toda mi vida.

Te vi en El Callao, desde mi apartamento y vi tu rico trasero… Me calla la boca con su tosca mano, esos dedos grandes, gruesos y cubiertos de pelos. Continua con su faena.

Quien iba pensar que iba a terminar en la Fulanita de tal, con este hermoso espécimen. Me he corrido dentro. Él se para a besarme y yo no dejo de acariciar sus nalgas y estimular su ano.

Cubro mi pene con el condón y le doy duro contra el lavamanos. La gente entra y sale y prefiere estar fuera que presenciar la escena…

FIN

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