Carta a דניאל a su regreso

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Sucedió el día sábado. Fue un milagro, no puedo llamarlo de otra forma. La persona con la que no pude encontrarme esa vez. La persona que pude amar vino de nuevo. ¿Qué debo hacer דניאל?

Carta a דניאל a su regreso:

No debo sino ser agradecido porque como a otra sor Juana el universo me corrige a fuerza de beneficios. Entre peor me porto, me comporto, el universo me da a cambio muestras de su infinita bondad y magnificencia. Prueba de esto es, tu regreso.

Ahora que he vuelto a saber de ti, el rompecabezas de unas diez mil piezas, por colocar un número, que había armado y que avanzaba de vez en vez sobre una mesa se ha caído al suelo. Así mi mundo con tu llegada. Todas mis piezas no tienen orden, no tienen sentido ni dirección y abunda el caos. No sé cómo actuar, no sé cómo o por dónde empezar. No halló sosiego. Y la ficción y confort que eran mi realidad ahora son espejismo, son ilusión, son polvo, son nada.

Cómo puede una persona hacer que otra vibre y se pierda, gire y el mundo conocido se desmantele ante sus ojos. Más nunca comparados con los tuyos.

Recuerdo la primera carta que te escribí, hablando de tus ojos: «Pero no puedo dejar de ver sus ojos marrones. Me sumerjo en ellos. Vivo en ese hermoso océano de leche y miel». No estaba mintiendo. Sólo que esta vez no sé siquiera cómo verte, cómo verlos, cómo verte a los ojos, y entonces hay un gran silencio entre nosotros. Callo no porque no tenga nada qué decir, sino porque no sé decir nada digno de ti (Alberto Magno debe estarse retorciendo en su tumba).

A lo que voy es que eres único, singular, impar y eres quien pone mi vida “patas para arriba”. Hoy por ejemplo. Intenté lavar ropa. Subí y bajé las escalera, entré y salí a mi habitación hasta por tres veces. Buscaba un gancho para colgar una prenda al sol. Pues perdí todo. El propósito, la búsqueda del gancho y la chamarra que iba a colgar, pero además perdí la intención de encontrar nada. Esto está pasando y debo aceptarlo.

Decía que debo ser agradecido pero además humilde. Eso te dije por teléfono. Soy tonto. Debo aprender muchas cosas. Aprender a reconocer mis errores, aprender de ellos, aprender de los demás, aprender de mí, de ti, de nosotros.

Y ese nosotros ahora es incierto. Por lo menos allá y entonces éramos un intento de pareja. Pero aquí y ahora somos dos extraños intentando ser lo que no fuimos o intentando dibujar un mí, un tú, un yo-tú, un lugar donde encontrarnos.

Quise buscarte y no lo hice. No lo intenté siquiera. También puedo justificarme, no lo haré. El hecho es que no estaba preparado y estando ocupando viviendo mis miedos, me olvidé por completo de vivir mis sueños. Me olvidé por completo de vivirte. No estaba preparado.

Y un estúpido y nuevo miedo intenta alojarse y no lo dejo, y es ese de preguntarme sí ahora sí lo estoy, si ahora estoy listo para estar contigo. Y ¿sabes qué?, ¡ya no me importa estar preparado! No me importa estar listo. No me importa nada en lo absoluto si no es el momento ese en que descubrí que ahora quiero hacerlo.

A pesar de todo, a pesar de todos mis errores, por largo y difícil que sea el camino que me conduzca a ti (ahora Churchil es quien se retuerce). Esta frase que me he robado no ha sido sino muestra que en este momento no sé tampoco lo que digo. Por ese mismo hecho, ya no diré nada.

Me arrojaré al vacío al encuentro de eso que surja. Aun con miedo. Confiando desde ya en las palabras que algunas vez fueron dichas en tu sueño, y que ahora reproduzco: «Lo creo ahora y hasta que lo vea» (y ahora me robo una frase tuya, o de tus sueños por decir mejor).

Pues bien, creo en esto que me está pasando y hasta el momento en que surja lo que surja, lo que sea y como sea, contigo.

¡Lo creo ahora y hasta que lo vea!

Hasta muy pronto.

  


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