23 Citas en Grindr o devenir puta (Cita 11. Montar a mi primer macho)

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De bota y sombrero llegó en una camioneta negra chulísima. La señal más clara que el estereotipo del hombre, macho, mexicano perdurará en perjuicio y beneficio de toda una nación. ¿Y eso importa en medio de esta noche divina y azul? Casado, con hijos, “a lo macho” como dijo él. ¿Qué me espera con este hombre?

 

Cuando me topé con su perfil en Grindr tenía mucha curiosidad y le mandé mi número con mi foto más trucutrú. Me dejó con la incertidumbre toda la semana. Un sábado por la mañana recibo una invitación: «Mi esposa no está, jálate para el Rancho Buenavista. Te veo a las seis».

Cita 11. Montar a mi primer macho

Lo vi una sola vez en toda la lista de perfiles. Pensé que era uno de esos fantasmas. Por suerte él sabía cómo encontrarme y lo hizo…

Su perfil

40 años

La silueta de un jinete

Recorte de internet

Identidad oculta

Dice llamarse Vicente

A 17 km

Se anunciaba como hombre casado. No manda fotos. Y no le interesaba platicar. Casual, cualquier psicópata subiendo perfiles al Grindr. Quien iba a pensar el monumento que descubriría cuando llegó este ranchero. El ranchero más cuerdo y exquisito por cierto.

La cita

Solamente él sabe dónde queda el Rancho. Pero si está a diecisiete kilómetros los taxistas son los únicos que podían ayudarme… La temporada de lluvias es el punto fuerte de esta zona. Lo es porque los caminos de tierra se convierten en vías fangosas que atrapan las llantas de los autos. Puede ser una farsa. A medio camino me traiciona mi mente, me lleno de miedo y quiero regresar. Porque ¿qué hago en medio de la nada, lejos de mi casa, yendo a encontrarme con alguien que no conozco? La curiosidad es muy grande. «¿No es de aquí verdad?» (así de usted)Me pregunta el taxista. Pero tampoco iba a pasar por un bobo. «Me fui hace algunos años». ¿Qué otra cosa podía decirle? El tipo no dejaba de revisarme de arriba a abajo. Tenía frío porque me llevé un short, me sentía una esquinera con minivestido en invierno. «Es aquí». Se detiene el taxista. Eran las seis menos diez. Veo como el taxi se pierde en los lodazales. Nadie me abre. Tengo frío. Estoy al otro lado del mundo. Entonces veo que hay varias puertas y tengo que caminar kilómetros para ir de una en una.

Cuando toco la sexta puerta se enciende un coche. Y dando las seis de la tarde se abrieron las dos hojas. Tengo que correr para no ser aplastado. Hace una entrada triunfal e histriónica. ¿Qué es lo que veo? Una barba cerrada. Unos ojos grandes como los de un toro. El cabello lacio, pesado y profundo. Las cejas más tupidas. Las pestañas celestiales. Los labios más carnosos. «Súbete». Me abre la puerta. «Soy…» y me dice su verdadero nombre con un apretón de manos, de esos que sólo saben dar en provincia.

Me llevó a las afueras de la ciudad, cerca del Popocatépetl. «Traje algo para el camino» y se empina una botella de tequila. «Sin miedo» me dice y me invita a darle unos tragos a la botella (sería para “agarrar valor” todos los hombres de aquí parecían fascinarse con el poder desinhibidor de la bebida nacional por excelencia). Fue el tequila más rico ese que traía Vicente. Su pantalón está a punto de estallar. ¿Cómo puede caber en el? Quiero decir, tiene un cuerpo hermoso, muy trabajado. Y no, no es un cuerpo de gimnasio, es su genética. Era el pantalón mejor puesto en el cuerpo de un hombre. Y ese sombrero claro que le enmarcaba los ojos más bellos, esos que serían míos por una noche.

Algo hace con su mano derecha pero no me atrevo a ver. «Tócalo». Me ordena, mostrándome su pene. Su verga dura, dura. Rosita. Larga, larga como una flauta. Se bañó mil veces, puedo saberlo por el olor a jabón. ¿A qué olerán sus axilas después de cuatro días de no bañarse? Es que me puse muy mal, es mi primer ranchero, macho, mexicano, de ley.

Vamos a un motel de súper lujo. Súper bonito. Creo que es un cliente frecuente. Saca una cobija y me tapa la cara. «Agáchate. No te muevas. No hagas ruido». Lo saluda el portero. Entramos al garage, me abre la puerta y me besa. Me sube las escaleras cargándome en sus brazos, me siento novia en luna de miel.

Nos besamos. Intento acariciar sus tetillas. Y me detiene fuertemente. «¡No me toques ahí, si no soy vieja!». No sé qué pensar. Nos quitamos la ropa. Y sube las cobijas para cubrirnos. Luego toma mis manos y hace que le acaricie sus nalgas preciosas. Se frota contra mí presentándome el culo. No dice nada. Imagino con eso que quiere que lo penetre. Y lo hago hasta tres veces. Luego me hace sexo oral y me vengo en su pecho, como él me lo pide. «Soy de Guadalajara», me dice después de terminar.

El recuento de los daños

Algo nuevo: Temo confesar que puedo engancharme con este ranchero, y por más imbécil que me sienta tiene que ver con el estereotipo que reproduce.

Algo viejo: Estos hombres que tienen sexo con hombres son los más honestos con sus citas, no así con sus parejas.

Encamable: Desde antes de conocerlo ya era mío por los siglos de los siglos. Envidio a su esposa en secreto.

Puntuación

9

Ponyboy


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