Los Baños Tivoli

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Conocí los Baños Tivoli antes de que fueran cool. Cuando el edificio estaba nuevo y venían familias enteras a relajarse. Conocí los Tivoli cuando no vendían drogas duras, la delincuencia se quedaba en casa y salía después de la media noche. Eran unos Tivoli repletos de trajes de baño cortados a medida. Esos trajes de los años cincuenta, los que no eran vintage sino que eran el día a día de todos.

Conocí los Tivoli cuando llegó la goma para fijar el cabello y podrías ver a los ojos de las personas, porque las conocías y hablabas frente a frente. Si alguien te gustaba tenías los huevos tan grandes que conseguías el teléfono de su casa, de esos de disco, y marcabas preguntando a su padre o madre por el chico en cuestión.

En aquéllos Tivoli donde cogías con chicos de tu edad y formalizabas un noviazgo. Donde tragar semen era nefasto, pero escribir cartas de puño y letra una victoria.

Conocí los baños Tivoli antes de que vendieran copas y poppers y chicles de menta. Cuando los boxeadores llegaban de entrenar para recibir un masaje por treinta y siete pesos.

Perseguir al carnicero desde su casa para observarlo y verlo ducharse mientras todos iban a la escuela cargando pesadas mochilas de cuero. Eran esos tiempos de las regaderas generales y los vapores abiertos. ¡Y con eso te sentías tan valiente!

En esos Tivoli donde los chicos, eran chicos de verdad, la gente comía comida de verdad, platos de carne de verdad, incluso la chatarra sabía a comida de verdad. No tenían miedo por su peso, ni por el futuro alimentario, ni mucho menos del planeta. Tú podías acariciar las nalgas de tu chico porque tenían carne de verdad, brazos y anchas piernas. Ninguno iba al gimnasio para matarse trabajando sus músculos, la simple idea de hacerlo era algo obscena.

Conocí los Tivoli incluso antes de ser baños. Entrar a las cantinas y los billares de la colonia para beber cerveza y fumar a escondidas. A cambio recibir golpizas por tus padres, porque te hacían caso, te castraban, les importabas. Ninguno te daba tablets, ni teléfonos móviles, ni te regalaban televisores para deshacerte de ti.

Conocí los baños Tivoli, previo a que cambiaran de dueño y de que este último me pidiera que trabajara para él, haciendo mandados, sirviendo las coca-colas. Cuando en el verano su hijo entró a la bodega y me chupó el pene, cuando…

Pero la memoria se hace añicos. Y llega cierto día en que te vuelves el Rey Midas de los recuerdos. Cada hecho que viene a tu mente pasa a formar parte de esa época dorada. Y todos los lugares por los que has pasado llegan a ser todos, sin discriminar ninguno, una especie de El Dorado.

Y la nostalgia por la sagrada puerta y los resquicios entran. Los huecos de tus recuerdos están colmados de eyaculaciones súper poderosas. Los culos más grandes, los chicos más lindos. Todos son nubes de algodón, como la barba de papá.

Ponyboy

 


4 pensamientos en “Los Baños Tivoli”

  1. Me encantò la narración, me hizo acordarme de mis buenos tiempos en los baños de vapor aunque yo hice más cosas en los baños de los gimnasios. Me hubiea encantado vivir la adolescencia como la narra porque yo me desaté muy tarde, allà en mis veintitantos años, me hubiera gustado iniciarme en el ligue pronto, pero es el camino de cada quien. Me encantaron estas loas a unos baños,

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