Dos verijas un camino

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Recién terminó Super Shore de la cadena MTV y nunca supe a quien elegir. Algunas noches se las dedicada a ESTEBAN por sus tatuajes, sus ojos claros y esas nalgas tan jugosas, y otras a FERNADO con esa barba rasposita, rasposita, su sonrisa y su voz, ¡Dios del cielo! ¡Su voz! Ambos fueron el material de mis noches de la primavera del dos mil dieciséis.

Los helados de La presumida se derriten en la pila de botes al costado poniente de la Alameda. Tequila, jamaica, flor de nata, vainilla y rompope. El pantalón se me adhiere al cuerpo. Son esos días de poca ropa. Los animales entran en celo. Y los hombres no dejamos de ser animales. Es tan caliente.

Miro por todos lados y entre la muchedumbre se destacan los brazos morenos, escuálidos y tatuados de los chacales. Un par de amigos en mini shorts con las piernas trabajadísimas recorren el centro como si nada pasara. Algunos más recatados sólo muestran grandes y lustrosos brazos hipertrofiados. Camino a la oficina los de avanzada, también de grandes músculos, y con pantalones pegados al cuerpo a punto de reventar con enormes traseros en gris Oxford. El señorcito de las coca-colas heladas viene hacia… ¡señorón! Pasa muy cerca de mí ofreciendo sus latas con esos jeans viejos, moreno, un hermoso pecho con el pelo más fino que los conejos y ese bigote negro, negro. ¡No puedo soportarlo! ¡Es demasiado para mis ojos!

Intento controlarme. No puedo. Decido ir por calles menos transitadas. Respiro profundamente. Silencio. De este lado las domésticas barren desde temprano y el polvo es dorado por los rayos del sol. El agua escurre de las macetas cayendo, por eso cruzo de un lado a otro para no mojarme. Esta puerta es tan antigua… ¡Amor de mis amores! Se abren las dos hojas y un hombre de unos cuarenta años en interiores deja salir a su esposa que va en auto al trabajo. No puedo evitarlo. Camino despacio y volteo a ver. Sí. Directo a esas peludas piernas y su bulto. Él se da cuenta y me sonríe. ¡Me sonríe! Antes de irme una nota mental: Pasar más seguido por esta calle a las ocho de la mañana, cuando sale la esposa.

Huyo. Son muchas imágenes. Muchas situaciones. No puedo más. Directo a la librería, es muy temprano. Voy por café. El dependiente de los ojitos rasgados y esa piel de bebé con su pechito también de bebé pero con pelitos de conejo. No puedo concentrarme siquiera para pedir mi desayuno. «Cómo te llamas» me insiste con sharpie en mano. No dejo de verlo. Él no deja de insistirme. Como puedo salgo de la fila y me coloco en la mesita de la terraza, con la imagen de sus pelitos de conejo cubriéndole el pecho.

Café, libros. Una comida sin importancia. Me repaso el museo y las tiendas. Hombres por todos lados. Músculos. Traseros, bultos. Es la estación, es un día difícil vamos.

Llego a casa. Es un martes. Estoy tan… Tengo que meterme a bañar. Primero un poco de caja negra. ¡La madre que los parió! Son estos pendejos. Que hermoso se puso. Y este otro con slip negro bañándose con las fulanas. Tatuajes, culazo. ¡Dios! Es el mismísimo pelito de conejo que cubre su pecho. El pelito de conejo tan preciado y buscado.

Ya me vi en un trío con estos dos. ¿Quién coche? ¿Quién cochera? ¿Quién sin problemas de estacionamiento? ¡Sería la gloria!

Cada martes el fulgor del televisor baña mi cuerpo y mientras me acaricio, el agua mineral me hidrata. En la penumbra, mi leche sale a disparos.

Una para Fer. Y contra su pecho.

Otra para Esteban. Contra sus nalgas.

Un más por todos.

Dos verijas un camino, todos los martes de primavera.

SS

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Esteban G

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Un pensamiento en “Dos verijas un camino”

  1. Yo no entiendo cómo los homosexuales se derriten por semejantes lacras, parásitos sin oficio ni beneficio como los palurdos hombres que salen en “SuperShore” ¿Qué cultura van a tener si a leguas se ve que son nacos?

    En conclusión…

    ¿POR QUÉ LOS HOMOSEXUALES AMAN A LOS PATANES?

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