Crítica al movimiento oso: La masculinidad “natural”

 pag_staff_face  César Tovar

En la primer parte de esta crítica al movimiento oso se habló acerca de como los concurso Mr. Bear pasaron de ser una parodia detractora, paradójica y contradictoria hacia los estándares de belleza a ser una imitación fiel del establecimiento de nuevos estándares.

En esta segunda parte, se hablará de una paradoja más en el movimiento oso, la presunción de ostentar una supuesta “masculinidad natural” que permite discriminar y excluir a cualquiera que no la cumpla, es decir, al amaneramiento.


Javier Sáez

Los osos somos machos “naturales”. Vamos, que se supone que  los osos acabamos de bajar andando de las montañas. Pero resulta que en vez de miel tomamos cerveza, éxtasis, popper, ghb, coca o ketamina, y en vez de ir desnudos, vestimos camisas a cuadros, vaqueros, cinturones, botas, gorras, tirantes, nos recortamos cuidadosamente la barba y la perilla, nos afeitamos la cabeza, nos tatuamos… Curiosa naturaleza.

Somos una subcultura que juega y disfruta con los rasgos de la masculinidad, pero de ahí a creerse que ésta existe como algo “natural” hay un peligroso paso.

En realidad esta palabra encierra otra trampa: la palabra “natural” significa heterosexual. Para el código hetero, los hombres “de verdad” no se cuidan, no se ponen camisas de licra, no se pintan, no llevan tacones, no chillan, no lloran… es decir, son “naturales” (pero ojo, tampoco follan con tíos, eso es “antinatural”).

El problema es que la artificiosidad con que se construye el hombre “de verdad” no se ve, es una omisión. Es silenciosa, muda. Supone controlar sus gestos (¡esas manos!), sus voz (¡no grites!), sus ojos (no mirarás el paquete ajeno), su cuerpo (¡esas caderas!). Los hombres deben bailar con la movilidad del robot R2D2, como mucho.

Lo importante del código “natural” es obedecer a esa ley según la cual los hombres no hacen cosas raras con su cuerpo ni con su vestimenta. Ese “no hacer” es lo masculino, y en realidad se basa en “controlar”. Pero ese mismo el dispositivo es tan artificial como la pluma. Lo que uno aprende desde pequeño es a reprimir y controlar cualquier gesto, voz y deseo que pueda revelar “afeminamiento”.

Y si uno es marica, aprende mucho más rápido a reprimir esos signos externos, hasta el punto de que a veces me pregunto si la masculinidad excesiva de que hacemos gala los osos (esa voz grave, esos gestos torpes, rudos y bruscos, esos abrazos golpeándonos las espaldas con fuerza, esa exhibición del vello corporal) no son sino una consecuencia de ese aprendizaje “que-no-se-me-note-que-soy-marica” generado por el terror infantil a ser descubierto.

Ya se sabe, lo peor en un colegio es ser el niño mariquita. Para disimular algunos aprendimos demasiado bien el código y nos hemos pasado. Y por eso hablamos aquí de traición: los niños proto-osunos sobrevivimos en la escuela y en el instituto con nuestros gestos machirulos y nuestra barba precoz. “Pasamos” por hombres de verdad, algunos incluso jugábamos al fútbol.

Los niños menos obedientes, o peor adiestrados, de pluma incontrolable, perecieron en el intento de ser normales (o ni siquiera lo intentaron, en un gesto que les honra), se convirtieron en niños mariquitas, y sufrieron el escarnio, la humillación, el insulto y la violencia. La misma violencia que está detrás de frases como “entre los osos no tiene cabida la pluma”.

Han surgido últimamente discursos que quieren domesticarnos, volvernos hombres buenos, sanos, formales. Yo no quiero participar de esa nueva especie protegida, ni quiero acabar como el osito polar Knut del zoo de Berlín, saliendo en la tele para que me acaricien heteros curiosos y comprensivos con mi “diferencia”, contentos porque “no se te nota nada”.

Tampoco represento ni soy portavoz de la comunidad bear, que por suerte es muy diversa, variada y numerosa. Hablo por mí mismo; creo que hay un potencial subversivo en mi cuerpo abyecto y en el exceso: soy una osa pasiva, como y bebo demasiado, estoy gordo y me drogo, y si me quieren encerrar para espectáculo de heteros muerdo y doy zarpazos.

No todos los osos tenemos buen rollo, somos pacíficos, bonachones y amigables. Depende con quién y para qué. Yo al menos me siento más cerca de las bolleras, las trans y las maricas que de los hombres de verdad, masculinos y viriles, que han sembrado el terror desde hace milenios en todas las culturas.

Vía: Hartza.com


Javier Sáez es autor del ensayo Teoría queer y psicoanálisis (Síntesis, 2004), y coautor con GTQ del libro El eje del mal es heterosexual (Traficantes de Sueños, 2005). Dirige la revista queer www.hartza.com. Actualmente trabaja en el Fondo Social Europeo.



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