Bajo la sotana

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De alguna forma el tiempo parece haberse detenido en muchos espacios donde transito. Pasé por aquella avenida. Gire mi cabeza y caminabas de un lado a otro. ¡Mal nacido!

Me costó darme cuenta que era una boda. Daban arroces a sus cabezas. Las figuras de piedra y sus caras detenidas. El piso mojado. Los ajuares. Las damas. Los caballeros. Incluso sus limosneros. Una escena de hace dos siglos pervivía frente a mis ojos. No era, por cierto, de interés.

Quien va y viene forrado de negro. Quien camina y rencamina los patios. Quien una y otra vez mira discreto a los ojos no es alguien pío. Tu cuerpo y todo su poder satánico, para hablar en tu idioma, lo decía claramente.

Por travesura dejé de ir a una iglesia, me han corregido por templo. Alguna vez me dio curiosidad asistir a uno donde el sacerdote daba misa en latín y el sermón era todavía algo ameno. La verdad es que iba para escuchar la música, así me suena esa lengua. Esta ocasión no fue por ninguna de las dos. Me introduje, no sin cierto asco, a aquel lugar. Era un domingo. Imagínate la peste en un día como ese. Vamos me metí, lo confieso, a oír misa. Pero miento. Tampoco fue por eso. Fue para verte.

De nuevo ibas de negro. ¡La maldición que había en ese teatro! El beso. Las manos. Los cantos. El vino. Me coloqué en primera fila. Fui muy comentado entre las señoras, para quienes los primeros lugares se reservan a los más devotos. Y yo. Bueno yo era apenas un turista.

Tras del altar y frente a los feligreses sólo podía ver tú medio cuerpo. El acto iba lento. Del terror al tedio más devastador. Luego salías a hacer trucos y las miradas absortas se dirigían a un punto.

¡No podía creerlo! No me sorprendía. Pero no podía creer, más bien porque no pisaba aquellos lugares bastantes años ha. ¿Es que nadie se da cuenta? Por mucho no es imaginación.

Las señoras se arremolinaban, ya era tiempo de comulgar. Golpes y empujones. Sufrí porque fui pisado varias veces. ¿De verdad no lo ven?

Me sentí asfixiado no había caído en cuenta del número de personas. Que montón. Que gentío. ¡Que ridículo!

Lo único que pude es pararme frente a ti para hacerte saber que también comulgaría. Sería el último pero lo haría.

Me acerqué sin dejarte de ver y antes de dar el último paso mire fijamente tu sotana. Me refiero a la parte que cubría tu pene. ¡Mal nacido! No llevabas ropa. Lo sabía. Y luego tu erección cuando el sacrificio, cuando el credo.

Salí indignado. Volví cada domingo. Me hice creyente.

Nos leemos pronto.


Un pensamiento en “Bajo la sotana”

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