Movimiento oso: de romper estereotipos a crear nuevos

 pag_staff_face  César Tovar

El movimiento oso surge a finales de los años 80, dentro de la comunidad gay de San Francisco (Ver: Historia del movimiento oso Parte 1 y Parte 2).

Se trata de un movimiento alternativo a la moda estética imperante en los circuitos gays,  promocionada por los medios de consumo y publicidad, que ensalza el cuerpo joven, esbelto y sin vello como modelo de la belleza y de la cultura gay.

El movimiento oso nació así, usando como símbolo el icono del oso como animal que unía fuerza y dulzura en una contradicción liberadora.

La no pertenencia (a la identidad gay dominante) se volvió un común denominador para este movimiento, incorporando a todos aquellos que no daban con el modelo y que vivían al margen del “ambiente”.

El fenómeno osuno ha generado en la década de los 90 sus propias formas de organización, de imagen y de activismo. En la actualidad hay colectivos y bares de osos en muchos países del mundo, se celebran reuniones periódicamente, y se publican numerosas revistas (Bear Magazine, American Bear, Husky, etc), vídeos y páginas web.

Han aparecido estrellas del porno oso (Jack Radcliffe es quizá el más conocido) y hasta se han publicado dos largos ensayos analizando el fenómeno social de los osos, The Bear Book. Readings in the History and Evolution of a Gay Male Subculture volumen I y II, por Les Wright.

Hoy, décadas después, la comunidad úrsina está bien lejos de ser aquel espacio incluyente e independiente que representaba.

El movimiento de los osos se encuentra ahora mismo en una interesante encrucijada. Como todo movimiento social emergente, con el tiempo y el éxito llega un momento en que se produce una especie de institucionalización, de rigidez, una pérdida de la espontaneidad y diversidad iniciales.

En los Estados Unidos, que es donde más tiempo lleva funcionando este tipo de asociaciones, se observa ahora en el circuito oso un notable estereotipo en la estética y en los discursos, una nueva “selección natural” del más fuerte (en este caso, del más oso), de manera que algunos acaban por no ser quienes realmente son en un intento de ser el “oso total”, o en una exclusión de los que no cumplen todos los “requisitos”.

Lo anterior ha producido otro estereotipo que condiciona a la comunidad, una identidad dominante más, aunque alternativa, que funciona sobre todo para los intereses económicos de las empresas a través del consumismo en el mercado gay, un instrumento más para la mercadotecnia.

Basta tomar una persona cualquiera de género masculino (biológico o no, existen los TransOsos), ponerle una camisa a cuadros, pantalones vaqueros y botas industriales (chaleco de cuero opcional), dejarle crecer la barba, tatuarle una zarpa de oso en el brazo y hacerlo engordar un poco, y ¡listo! ¡Tenemos un MacOso un iBear: un bellOso un lumbersexual, una imagen preconcebida, lista para funcionar como combustible del consumismo en el entretenimiento ursino.

En el mundo hispanohablante, por suerte, el movimiento es mucho más abierto y variado. La encrucijada de la que hablamos consiste en saber si los osos, en vez de caer en una nueva fijación de estilos y conductas, serán capaces de abrirse a otras formas de relación y de reinventar sus cuerpos, sus prácticas y su estética.

Con información de: Hartza.com y Pagina12


¿Tú qué opinas? Déjanos tus comentarios.